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Apocalipsis

Actualizado: feb 8


El Apocalipsis es sin duda un escrito simbólico. Adjudicarle el significado de un “acto final” en la historia del hombre en la Tierra prueba solo un desconocimiento del vasto lenguaje de los símbolos. El libro pertenece a la tradición mística de Occidente y su propósito es mostrar al hombre el camino de su perfección para que este pueda acceder a su unión con Dios. Juan, su autor, tiene su visión en la isla de Patmos, un símbolo de apartamiento del mundo y de retiro, en alusión al estado contemplativo al que se ve transportado y en el que tienen lugar las visiones de su revelación. Entre la sorprendente variedad de imágenes que se suceden a lo largo de la obra, la apertura de un misterioso libro sellado y la aparición de 4 amenazadores jinetes ha inquietado particularmente a los exégetas. Estando el libro sellado, su contenido debe suponerse secreto y reservado solo para aquellos que estén autorizados o sean capaces de romper sus sellos. Se dice también que está escrito por dentro y por fuera (Apocalipsis 5:1), lo que nos indica que su contenido posee una doble forma de expresión: una externa y visible (exotérica) de fácil aprehensión para el entendimiento, y otra interna y oculta (esotérica) de más profundo significado.


Un símbolo común identifica la apertura de los primeros 4 sellos del libro: 4 caballos con sus correspondientes jinetes. Asociado con la zona inconsciente e instintiva de la personalidad, el caballo simboliza las energías psíquicas en su estado potencial primario. Integrado el caballo a su jinete, ambos forman una unidad dinámica y armónica entre el instinto y el Yo, su ordenador y conductor. Representan la vida del instinto subordinada, ordenada y apta para conducir al hombre hacia sus más elevadas metas. La expresión cuadrifacética de la aparición sucesiva de los jinetes en la apertura de los primeros 4 sellos, manifiesta las formas particulares a través de las cuales esta unidad dinámica (caballo-jinete) opera en los distintos planos del desarrollo y la realización individuales. Aluden a funciones específicas de la personalidad que deben dominarse y perfeccionarse antes de que el alma individual pueda realizar su meta suprema: su unión con Dios. Es así como el ´punto inicial de este proceso viene representado por un arquero, un jinete montado sobre un caballo blanco portando un arco. Simboliza la energía psíquica creadora en su expresión más pura y original, liberada de su subordinación a los instintos naturales y apta para ser canalizada y dirigida hacia un interés superior. La exigencia consiste en abrirse a un nuevo concepto de realidad espiritual, lo que implica un cambio en el enfoque vital, una repolarización de la conciencia.


La apertura del segundo sello deja al descubierto un jinete que cabalga sobre un caballo rojo, posee una gran espada y tiene poder para quitar la paz de la Tierra y hacer que los hombres se maten entre sí. Es esta una alegoría del planeta rojo (Marte), símbolo de la energía de acción, de lucha y confrontación, y en situaciones extremas, de agresividad y violencia. El perfeccionamiento de esta función anímica requiere aprender a administrar con inteligencia y sabiduría la energía de acción orientándola hacia fines constructivos. Significa controlar, dirigir y regular apropiadamente las fuerzas instintivas que incitan a la acción, liberándolas de su intencionalidad egocéntrica mediante el dominio de sí mismo y la práctica del desapego.

Supone una reconstrucción del esfuerzo encauzándolo hacia fines espirituales.


El jinete que se presenta al abrirse el tercer sello del libro monta un caballo negro y sostiene con su mano una balanza. Se escucha una voz que dice: “dos libras de trigo por un denario y seis libras de cebada por un denario, y no hagas daño al vino ni al aceite”. La balanza simboliza el principio de la unidad y oposición de los contrarios, el equilibrio perfecto de todas las polaridades. Con una balanza se representa al signo zodiacal de Libra. Situado entre el signo pasional de Escorpio y el signo ascético de Virgo, Libra simboliza la armonía interior, el equilibrio entre los impulsos desordenados del deseo (Escorpio) y el control discriminativo impuesto por la razón (Virgo). De los equilibrios formados con el concurso de estos dos factores (deseo y razón) depende la resultante de las acciones humanas. Las proporciones aludidas por la voz que señala dos libras de trigo y seis de cebada por un denario cada una, se refieren al equilibrio (“libras”) entre el actuar del hombre (el sembrador) y su retribución. El trabajo, del cual el dinero (los denarios) es como condensación suya un símbolo, obtiene siempre el fruto que le es proporcional (los nutrientes básicos: el trigo y la cebada). Dañar el vino y el aceite significa apartarse de la gracia del Espíritu: el vino es un símbolo de inspiración, y el aceite, como óleo de unción, un símbolo del Espíritu divino (1 Samuel 16:13). Emblema del dios Cronos (Saturno), la balanza es el rector de las acciones humanas en el tiempo, su propio destino como ley suprema de retribución (ley del karma del hinduismo y el budismo), la cual es aludida expresamente en el Evangelio: “…Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mateo, 26:52), y en el mismo Apocalipsis (13:10): “Si alguno lleva en cautividad, va en cautividad; si alguno mata a espada, a espada debe ser muerto. Aquí está la paciencia y la fe de los santos”. La función aludida aquí se relaciona con la emergencia y manifestación del afecto que condiciona en gran medida las acciones individuales. Venus, regente astrológico del signo de Libra, es símbolo de atracción y de armonía. Representa el principio de valoración –apreciación, sentimiento–, cuya más elevada expresión es el amor. El reto consiste aquí en dotar a la vida emocional y afectiva de una significación y un propósito nuevos, desprovistos de toda intención egoísta: una auténtica revaloración.


Dice el Apóstol Pablo en Corintios: “…¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina? (1 Cor., 14:6). El Apocalipsis (de apó, des y kaliptein, velar, ocultar) es, como su propio nombre expresa, un escrito de revelación, no una profecía como insistentemente se le quiere interpretar. Al referirse al misterio de la naturaleza esencial del hombre como un libro sellado o al advenimiento del reino de Dios en el interior del hombre como una nueva Jerusalén, el Apocalipsis emplea un lenguaje simbólico como medio idóneo para comunicar vivencias espirituales no fácilmente accesibles al entendimiento racional.


El jinete que aparece al abrirse el cuarto sello del libro monta un caballo amarillo y su nombre es la Muerte. Esto no debe entenderse como negación de la vida y menos aún darle el significado amenazador con el que suele interpretarse esta figura. Se refiere más bien a la necesaria desintegración, en la personalidad, de las viejas estructuras ya cristalizadas que se oponen a su renacimiento espiritual. La función básica comprometida con esta transformación se relaciona con la voluntad y la afirmación del Yo. Su perfeccionamiento requiere que la actividad consciente centrada en el Yo no sea solo un instrumento de supervivencia, adaptación y gratificación de deseos, sino el medio para la actualización del poder espiritual, la conciencia Crística como una permanente y verdadera identidad: un nuevo nacimiento (Juan 1:9), una mutación de la mente o regeneración de la conciencia operada interiormente.

Cuando el quinto sello es abierto, las almas “de los que habían sido muertos por la palabra de Dios” pero aún permanecen debajo del altar (o sea, los que habiendo completado su evolución espiritual no acceden todavía a su total liberación) claman justicia y venganza por la sangre derramada. En respuesta reciben ropas blancas y la advertencia de que aún es necesario esperar cierto tiempo (Apocalipsis 6:9–11). La transmutación de la naturaleza inferior del hombre ha sido alcanzada en este nivel. El destilado alquímico de dicha transmutación, realizada a través de incontables experiencias y trabajos, ha dejado en el alma solo aquellos elementos de una esencial pureza (ropas blancas) que son expresión de una perfección alcanzada. Estas cualidades, sin embargo, deben esperar todavía un tiempo para completarse a fin de que Alma y Espíritu se integren en una sola unidad, convirtiéndose la primera en una manifestación perfecta del Cristo interno. Este es el juicio justo por venir y también el premio (la “venganza” como compensación de la sangre derramada, es decir, del esfuerzo invertido) que será dado al Conquistador una vez que la obra ya iniciada esté concluida.


Con la apertura del sexto sello del libro ocurre un gran terremoto. El Sol se torna negro y la Luna roja, las estrellas caen del cielo, los montes e islas son desplazados y todos los hombres huyen despavoridos buscando refugio (Apocalipsis 6:12–17). La imagen de esta visión es la de un verdadero cataclismo en el que todo orden es súbitamente trastrocado, revertido por completo en su condición natural. Todos los elementos de la representación se comportan en forma desordenada y contraria a la de su estado original: lo claro se oscurece, lo alto cae, lo inmóvil es desplazado y lo que es firme y poderoso se vuelve huidizo y débil. Se trata de una inversión del orden establecido. El terremoto simboliza, como todo acontecer catastrófico, la mutación súbita e impredecible de una situación o de un proceso (su transformación). Es símbolo del cambio dramático, del momento en que los polos en tensión de una realidad existencial cambian de signo en una súbita transformación. Lo superior se reviste de una nueva forma y lo inferior se convierte en un reflejo fiel de un orden nuevo y más elevado.

Precediendo a la apertura del séptimo y último sello del libro, la visión nos presenta a 4 ángeles que situados en los 4 ángulos de la Tierra detienen los vientos para que no causen ningún daño en tanto habrán de señalarse en sus frentes a los siervos de Dios cuyo número se dice es de 144 mil, correspondiendo 12 mil a cada una de las tribus de Israel (12x12 = 144) (Apocalipsis 7:1–8). Los elegidos representan al Hombre Superior, espiritualmente desarrollado y próximo a alcanzar su liberación y al que se habrá de distinguir por una marca en su frente. La frente, símbolo de la mente, refleja nuestra capacidad de comprensión y entendimiento. El signo en la frente es el señalamiento de una perfección alcanzada. En los 144 mil elegidos está representado todo el género humano ya que estos provienen de las 12 tribus de Israel, las cuales personifican a los 12 nativos representados en el gran círculo del zodíaco. Los 12 mil señalados por cada tribu son los representantes más evolucionados de estos 12 tipos humanos.


Finalmente, cuando se abre el séptimo sello, se hace un gran silencio en el cielo por casi media hora (Apocalipsis 8:1). Es aquí en donde se alcanza la meta suprema del proceso místico de emancipación. El hombre (el Conquistador) se vuelve consciente de su unidad esencial con Dios y participa plenamente de la vida del Espíritu, puro y perfecto, que es ahora su única realidad (“En aquél día vosotros conoceréis que Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y Yo en vosotros” –.Juan 14:20–). El empleo de la metáfora del silencio para referirse a lo inefable, a lo que no puede ser expresado con palabras, ha sido un recurso usado en más de una ocasión por los escritores místicos para describir las experiencias de elevación y éxtasis que el alma alcanza en los estados contemplativos. Con solo el silencio responde el maestro hindú Bahva a su discípulo Vaskali cuando este le pide explicarle la naturaleza de Brahman Ante su reiterada insistencia el maestro responde categórico: “Te lo he explicado ya y no has entendido: el Atman es el silencio"

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