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La necesidad de seguridad

Actualizado: mar 3


El proceso de poder se colapsa en nuestra sociedad por aquellos impulsos humanos que que uno no puede satisfacer adecuadamente, sin importar cuanto esfuerzo haga. Uno de estos impulsos es la necesidad de seguridad. Nuestra vida depende de decisiones hechas por otras personas; no tenemos control sobre estas decisiones e incluso normalmente no sabemos quiénes son las personas que las toman.


Nuestras vidas dependen de si el modelo de seguridad está debidamente mantenido en una central nuclear; o de cuanto pesticida está permitido que penetre en nuestros alimentos o de cuanta polución en nuestro aire; en cómo es de hábil (o de incompetente) nuestro médico; si perdemos o conseguimos un trabajo puede depender de las decisiones hechas por los economistas gubernamentales o de los ejecutivos de una corporación; y así sucesivamente. La mayor parte de las personas no están en una posición de asegurarse contra estas amenazas más allá de un alcance muy limitado. Las personas que buscan seguridad están por eso frustradas, lo que las conduce a un sentimiento de impotencia.


Se puede objetar que el hombre primitivo estaba físicamente menos seguro que el hombre moderno, como se puede ver por su corta expectativa de vida; por tanto el hombre moderno está más seguro de lo que es normal en los seres humanos. Pero la seguridad psicológica no corresponde estrechamente con la seguridad física. Lo que nos hace SENTIRNOS seguros no es tanto la seguridad objetiva como la sensación de confianza en nuestra habilidad de hacernos cargo de nosotros mismos. El hombre primitivo amenazado por un animal fiero o por el hambre, podía luchar para defenderse o viajar para buscas alimento. No tenía la certeza de tener éxito en estos esfuerzos, pero por término medio no estaba indefenso contra las cosas que le amenazaban. Por otro lado la persona moderna está indefensa ante muchas de las cosas que le amenazan; accidentes nucleares, agentes cancerígenos en la comida, pandemias, polución ambiental, guerra, aumento de los impuestos, invasión de su vida privada por grandes organizaciones, fenómenos sociales o económicos a lo ancho del país que pueden desorganizar su modo de vida.


Es cierto que el hombre primitivo era impotente ante algunas de las cosas que le amenazaban; la enfermedad por ejemplo. Pero podían aceptar el riesgo de la enfermedad estoicamente. Pero los temores de la persona moderna tienden a estar HECHOS POR EL HOMBRE. Ya no son el resultado del azar, son IMPOSICIONES de otras personas, en cuyas decisiones, como individuo, es incapaz de influir. Consecuente-mente se siente frustrado, humillado y furioso.


De este modo el hombre primitivo tiene su seguridad en la mayor parte en sus propias manos (tanto como persona como parte de un grupo pequeño). Mientras que la seguridad del hombre moderno está en manos de personas u organizaciones demasiado remotas o grandes como para influir personalmente sobre ellas. Así el impulso del hombre moderno por la seguridad tiende a pertenecer en algunas áreas (comida, refugio, etc.) su seguridad está confiada al coste de un esfuerzo trivial, mientras que en otras áreas no puede conseguir seguridad. (Lo precedente simplifica enormemente la situación real, pero indica toscamente y de manera general como la condición del hombre moderno difiere de la del hombre primitivo).


La gente tiene muchos impulsos transitorios que son necesariamente frustrados en la vida moderna. Uno puede enfadarse, pero la sociedad moderna no puede permitir el enfrentamiento físico. Incluso en muchas situaciones no permite la agresión verbal. Yendo algún sitio uno puede tener prisa, o puede estar de humor para viajar despacio, pero generalmente no hay elección y ha de moverse con el tráfico y obedecer las señales. Uno puede querer hacer su trabajo de un modo diferente, pero normalmente sólo se puede trabajar de acuerdo a las reglas impuestas por su jefe. De otras muchas maneras también, el hombre moderno está subordinado a la red de reglas y regulaciones (explícitas o implícitas) que frustran muchos de estos impulsos y de esta manera interfieren con el proceso de poder. La mayoría de estas regulaciones no pueden ser eliminadas, porque son necesarias para el funcionamiento de la sociedad industrial.


La sociedad moderna es en ciertos aspectos extremadamente permisiva. En cuestiones que son irrelevantes para el funcionamiento del sistema podemos generalmente hacer lo que queramos. Podemos creer en cualquier religión que nos guste (en tanto que no fomente comportamientos que sean peligrosos para el sistema). Podemos hacer todo lo que queramos en tanto que sea TRIVIAL. Pero en todas cuestiones IMPORTANTES el sistema tiende a incrementar las regulaciones sobre nuestro comportamiento.


El comportamiento no sólo está regulado a través de reglas explícitas y no sólo por el gobierno. El control está frecuentemente ejercido a través de coerción indirecta o de presión o manipulación psicológica, y por otras organizaciones a parte del gobierno, o por el sistema como conjunto. Muchas grandes organizaciones usan alguna forma de propaganda para manipular la actitud o el comportamiento del público. Cuando alguien acepta el propósito para el que la propaganda está siendo usada en un caso determinado, generalmente la llama «educación» o le aplica algún eufemismo similar. Pero la propaganda es propaganda independientemente para el propósito que sea usada. Ésta no está limitada únicamente a los «clientes» y a los anuncios, e incluso algunas veces no es conscientemente intencionada por la gente que la hace. Por ejemplo, el contenido de la programación de entretenimiento es una forma poderosa de propaganda. Un ejemplo de coerción indirecta: no hay ninguna ley que diga que tengamos que ir a trabajar todos los días y seguir las órdenes de nuestro jefe. Legalmente no hay nada para evitar que vayamos a vivir a la naturaleza como la gente primitiva o de entrar en los negocios por nuestra cuenta. Pero en la práctica hay muy poco campo salvaje, y en la economía sólo hay sitio para un número limitado de pequeños propietarios de negocios. Por tanto muchos de nosotros sólo podemos sobrevivir como el empleado de algún otro.


Sugerimos que la obsesión del hombre moderno por la longevidad, y con el mantenimiento del vigor físico y el atractivo sexual hasta una edad avanzada, es un síntoma de la irrealización resultante de la privación con respecto al proceso de poder. La «crisis de los cincuenta» también es un síntoma semejante. Tal es la falta de interés por tener hijos que es bastante común en la sociedad moderna pero casi inaudito en la sociedad primitiva.


En las sociedades primitivas, la vida es una sucesión de etapas. Habiendo realizado las necesidades y propósitos de una, no había ninguna aversión en pasar a la siguiente. Un hombre joven atravesaba el proceso de poder convirtiéndose en cazador, cazando no por deporte o realización, sino por la carne que era necesaria para alimentarse (en las mujeres jóvenes el proceso es más complejo, con gran énfasis en el poder social). Habiendo atravesado esta fase con éxito, el hombre joven no tenía aversión en arraigar las responsabilidades de fundar una familia. (En contraste, alguna gente moderna pospone indefinidamente el tener hijos porque están demasiado ocupados buscando algún tipo de «realización». Sugerimos que la realización que necesitan es experimentar adecuadamente el proceso de poder con finalidades reales en vez de finalidades artificiales de actividades sustitutorias). De nuevo, teniendo prosperidad criando a sus hijos, atravesando el proceso de poder proporcionándoles las necesidades físicas, el hombre primitivo sentía que su trabajo estaba hecho y que estaba preparado para aceptar la edad anciana (si sobrevivía hasta entonces) y la muerte. Mucha gente moderna, por otra parte, está perturbada por la perspectiva de la muerte, como se ve por la cantidad de esfuerzo que pasan intentando mantener su condición física, apariencia y salud. Argumentamos que esto es debido a la falta de realización resultado del hecho de no haber puesto nunca en uso sus fuerzas físicas, nunca han atravesado el proceso de poder usando sus cuerpos de una manera seria. No es el hombre primitivo, que ha usado diariamente su cuerpo para motivos prácticos, el que teme el deterioro por la edad, sino el hombre moderno, que nunca ha tenido un uso práctico para su cuerpo más allá de andar del coche a su casa. Es el hombre cuya necesidad por el proceso de poder ha sido satisfecha durante su vida el que está mejor preparado para aceptar el final de esta.


En respuesta al argumento de esta sección alguien dirá, «la sociedad debe encontrar una manera de dar a la gente la oportunidad de atravesar el proceso de poder». Para tales personas el valor de la oportunidad está perdido por el mismo hecho de que la sociedad se la proporcione. Lo que necesita es encontrar o crear sus propias oportunidades. En tanto el sistema se las de todavía las tendrá con una correa. Para conseguir autonomía deben quitársela.

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